lunes, 17 de junio de 2013

Todos tenemos un pasado... y Clarita varios.



[...]

Y extendió un poco más su visión hasta el horizonte más lejano, hacia donde a sí misma no se permitía mirar desde hacía muchos años, hasta donde se alzaba, entre las montañas, la mansión de los Bullen, el hogar del primer novio de Clarita. Eran un par de tontos adolescentes, y él lucía un poco mustio, pero nunca había dejado de sonreír al recordar aquellos besos furtivos que ella le propinaba cuando estaba despistado.

 —Ay, cari, que no, que no te agobies, que es que no estaba pensando en nada, te lo juro.

—Es que… es que siento que me muero, que mi alma ausente  incinera mis vacías entrañas por no poder saber lo que piensas. Te amo tanto. Ya mi vida no me pertenece ¿lo comprendes?

—Anda, no seas lánguido, Eduardito, que yo también te aprecio.

 Un buen día toda la familia se mudó a vete tú a saber qué lugar lejanísimo, sin avisar, sin un “hasta lueguito” ni nada que pudiera aliviar la congoja de Clarita. El mismo día que comprendió la terrible ausencia, se perdió en el bosque poniendo en jaque a todo el pueblo, buscándola todos como locos; de ahí le venía lo del sonambulismo según su psiquiatra. Aunque poco después conoció al del triángulo, y tonteando, tonteando… se le pasaron todos los males. En varias ocasiones había pensado en cómo sería su vida si aquel día de su primera menstruación, no hubiera perdido al amor de su vida.
 
MIKA

miércoles, 15 de mayo de 2013

Esta Clarita McFly...

Yo no soy muy objetiva para hablar de Clarita, porque para mí es especial, pero desde luego, lo que no le pase a esta mujer... Lo que sí puedo decir es que va experimentar muchos cambios y a vivir extravagantes aventuras, y en este extracto os avanzo el motivo principal. ¿A alguien le suena?
 
(...)
 —¡Porras! Que no llego, no llego, no llego…
¡Y plof!
 
De pronto, y sin ser capaz de recordar cómo diantres había llegado, se encontraba en una de las salas de seguridad del laboratorio, muerta de hambre y de pie frente a un individuo bastante sospechoso que se hallaba tumbado sobre una de las camillas de acero, atado de pies y de manos.
 
—¡¿Quie-quién es usted?! —le gritó angustiada mientras daba un paso atrás.
 
—Pascualito… ya se lo he dicho antes, Clarita.
 
Era un hombre de entre cincuenta y sesenta años. Tenía el pelo blanco y escasamente repartido alrededor de una gran calva de piel brillante y rosada, con bigote y barba a conjunto, de idéntico tono plateado. Sus mofletes prominentes y rosados y sus ojillos pequeños y azules, más incrustados entre sus cejas pobladas y sus mejillas que otra cosa, convencieron a Clarita enseguida de que aquel hombre debía ser más tierno e inocuo que un cachorrito, a pesar del mono elástico color verde metalizado que embutía su cuerpo lozano.
 
—¿Qué hace usted aquí… así atado?
 
—Pero mujer, ¿otra vez? Mire, desista ya de volver al parking para empezar la tarde porque es la cuarta vez que me pregunta.
 
—Puñetero Delorean
 
—Estaba usted limpiando el laboratorio cuando ha reparado en mí, y no ha podido evitar entrar a ver qué hago yo aquí atado. La primera vez me ha regañado por tener los pies descalzos sobre el acero porque deja marca; la segunda he pensado que la había seducido y que volvía a verme haciéndose la remolona; la tercera he decidido que estaba usted como una cabra… hasta que me ha contado lo de su coche. Y esta es la cuarta.
 
—Pero ¿y qué hace usted aquí?
 
—Tutéeme, mujer… Pascualito.
 
—¿Qué leches hace usted aquí, don Pascualito?
 
El hombre estiraba tanto el cuello para poder mirar a los ojos a Clarita que parecía que se iba a desnucar.
 
—Otra vez… Que el doctor me ofreció un bocadillo de calamares y alojamiento a cambio de prestarme a su experimento, y aquí estoy.
 
—¿Y le tiene que atar?
 
—Oiga, que le he pedido a usted cuatro veces que me suelte y no hay manera.
 
—¿Por si se revela?
 
—¿Qué leches? Me ha dicho las otras veces que porque acaba de fregar el suelo…
 
—Oiga, pues ahora que lo dice…
 
—Nada, mujer… si total, no tengo nada mejor que hacer. Acabe tranquila, acabe.
 
—Pues es que ya voy tarde… ¿sabe usted? —Clarita se centró en repasar de nuevo el suelo que ya había limpiado, por si se había dejado algo y no lo recordaba.
 
—Lo sé.
 
—¿Y de qué va vestido?
 
—Pues no estoy seguro, pero yo me encuentro muy "apañao", ¿no?
 
Psá —declaró Clarita sin apartar la mirada de la puerta del armarito que frotaba afanosamente manopla en mano—, más cómodo un chándal, ¿no?
 
—Mujer, pero esto es aerodinámico, ultraligero e ignífugo. Y no me negará que realza el color de mis ojos.
 
—Eso sí, se le van a una los ojos a otra parte. Pero ¿para qué necesita estar usted aerodinámico e ignífugo? ¿Qué le van a hacer, hombre de Dios?
 
—Bueno, ya sabe, sobre todo me están cargando de poderes sobrehumanos; poca cosa de momento.
 
—Oiga, don Pascualito, yo tengo que seguir por las otras salas… luego me paso a ver cómo se encuentra, por si tiene que ir al excusado… o lo que se preste.
 
—Vaya con Dios, buena moza.
 
Clarita no pudo evitar soltar una risita al comprobar cómo el pintoresco hombre estiraba de nuevo el cuello cual jirafa desatada, para echarle una ojeadita a su trasero.
 
Aunque no tardó en borrársele la sonrisa al recordar lo que la aguardaba…
 
No había remedio, era miércoles y tocaba limpiar la sala de los bichejos.
 
Clarita no era excesivamente escrupulosa, de hecho en sus muchos años de trabajo había tenido que acostumbrarse a muchas cosas, a limpiar numerosas escenas no demasiado gratas, sobre todo cuando trabajaba para el otro señor, que en lugar de dialogar usaba la fuerza para todo. Menudos desaguisados había tenido que limpiar Clarita, que luego le daba pereza ver en casa la reposición de la película clásica de terror ”El Resplandor” porque no desconectaba con el trabajo.
 
Sin embargo las arañas… las puñeteras se le hacían cuesta arriba. Estaban bien encerradas, y ni se las sentía, pero aún así ella pasaba el mocho a toda velocidad.
 
—No me dais mieeedooo —canturreaba procurando caerles bien por si algún día alguna se despistaba y conseguía salir de alguna forma.
 
“Es imposible que se escapen, Clarita, no tenga problema que no corre peligro en ningún momento. Además sólo si sus colores son llamativos y brillantes debe preocuparse, las otras son inocuas… Jajaja”.
 
—¿Ja-ja-ja? —recordaba al doctor agriamente.
 
Y eso que no podía quitarse de la cabeza a aquel hombrecillo disfrazado de pepinillo que había dejado en la estancia contigua, y que de vez en cuando alzaba la cara como podía de la camilla para echarle una ojeadita. Ella no estaba acostumbrada a semejante tonteo, y sus ojos… sus ojos tenían algo…
 
—Aaaay —se descubrió suspirando Clarita.
 
Quizá por eso esta vez no puso tanto cuidado en la tarea de limpiar con veinte ojos las urnas de los bichitos, quizá por eso no se dio cuenta de la que la caja número ocho estaba vacía, pero vacía por completo, como si la araña hubiera hecho el hatillo.
 
—¡Clarita!
 
Oyó berrear al otro lado del cristal a Pascualito.
 
Acudió al grito de socorro lo más rápido que pudo. El hombre sacudía todo el cuerpo como podía, dando saltos arrastrando consigo la camilla.
 
—¡¿Qué es esto?! ¡Ay, quítemela, quítemela!
 
Era Pústula, la araña más fluorescente y más querida por el doctor. ¿Qué podía hacer? Le picaría si no era capaz de reaccionar, y quién sabe que de qué atrocidades era capaz su veneno.
 
—Es Pústula.
 
—Chupi, pero quítemela, quítemela… Huy, huy, huy —seguía dando saltitos.
 
Clarita no sabía qué hacer; estaba fuera de sí cuando alzó la mano para enseguida dejarla caer con todas sus fuerzas sobre el pecho de Pascualito.
 
—¡Ay!
 
—¿Le ha picado?
 
—No, es que tiene mucha fuerza, Clarita —su voz sonaba más bien como un resuello de ultratumba.
 
—Ay, perdone… es que me he puesto nerviosa y… yo.
 
—Mujer, que me ha salvado la vida.
 
—Huy, sí… yo… qué…
 
Algo no iba bien. No era capaz de centrar la mirada en sólo uno de los cuatro Pascualitos… le latía muy fuerte el corazón y la cabeza le iba a estallar.
 
—¿Clarita? ¡Clarita, por Dios!
 
Fue lo último que escuchó antes de caer allí mismo desfallecida.
 
La vida estaba pasando ante sus ojos sin que ella pudiera hacer nada, resignada a lo que le deparase el futuro. Las horas debían estar transcurriendo mientras decenas, cientos, miles de imágenes, pasaban por su cabeza. “Menudo aburrimiento de existencia”, decidió.
 
—¡Clarita!
 
—¿Qué? —volvió confusa al mundo de los vivos.
 
—Qué susto, Clarita, ¿estás bien?
 
—Dios mío, ¿cuánto tiempo he estado inconsciente? ¿Han avisado a mi hijo? Que ese se preocupa enseguida —se quejó mientras se levantaba de un salto.
 
Se sentía vaporosamente ligera.
 
—Mujer, si acabas de caerte… ni siquiera se te han cerrado los parpaditos.
 
—Josús, me creía en los albores del acabose.
 
(...)
 
MIKA

viernes, 1 de febrero de 2013

Hasta siempre...


Ay, que se va… que se va de verdad.

Ya no voy a poder reírme con ella de todas las frivolidades y cosas serias dadas la vuelta.

¿Le dará tiempo en el viaje a comprender lo importante que ha sido aquí, los buenos momentos que ha regalado? Porque nada más pisar aquella tierra, tiene que tener muy claro que es grande, que puede con todo y que la vida le va a dar todo lo que ella se atreva a pedirle. No se fía de dar la talla en su destino (un delirio momentáneo), pero yo jamás conocí a nadie tan capaz de todo lo que se proponga, incluso juntar el requesón con el tomate natural y la vinagreta, y que le quede bien.

¿Dónde tomará ahora su ensalada de tomate, cangrejo, huevo, atún y queso fresco… con vinagre de Módena porque es el que “le encanta”? Lo hará sentada a la izquierda de la mesa, en el extremo más alejado, para no clavarle el codo a nadie mientras come con sumo cuidado todo, por separado cada ingrediente, pinchadita a pinchadita, en un orden que ella se ha inventado.

¿Me cambiará por la pelirroja flaquita y nerviosa que se siente frente a ella? ¿Por Mary Rose? Ojalá que sí… que no me olvide, pero que disfrute tanto como lo hacíamos nosotras en ese oasis de una hora cada día, de lunes de jueves, el momento de las confesiones, los puyazos, las bromas, de lo más importante y lo más tonto.

Ya no voy a estar al día de sus vertiginosos cambios de humor… los pasos de la depresión superflua y la tristeza más profunda, a la alegría más brutal por haber encontrado un peluchito con luces y música para regalarle a su gran amor… ese gran damnificado por el torbellino M.

Me da tanta pena lo mucho que la voy a añorar…

Aunque por otra parte… ahora le toca a G volverse medio loco con sus indecisiones J, con sus locuras.

No te olvidaré.
 
MIKA LOBO
 
 

jueves, 6 de septiembre de 2012

Indignada, pero de ceño fruncido y "ahora no respiro"

¿Un banco malo? 

No sé muy bien a qué se refieren, y estudié empresariales, así que supongo el dilema de los que no están habituados a la verborrea económica. ¿Algo así como la caja llena de arena perfumada en la que mis gatos se desahogan y dejan sus "cosas tóxicas"? ¿Y se puede hacer esto con todo? 

Pues qué bien...

Y dicen que esperan no suponga un coste para los ciudadanos... pues yo también lo espero, pero también esperaba que Papa Noel me trajera algún año un coche como el de Martín McFly, y adivinad... sólo os diré que jamás sabré si se llevarán los pantalones de campana en el 2095. Hoy he oído que con la subida del IVA podemos ahorrar unos 7.500 millones de euros al año; es decir, que si Bankia ha sufrido unas pérdidas de unos 4.400 millones hasta junio... tendremos para cubrir el desaguisado que tenga para diciembre... o no, vete tú a saber ¿De verdad hay que crear un banco malo? Si ya tenemos ¡de sobra, hombre!

No me gusta que me engañen y me digan que no hay otra manera de hacer las cosas, que me traten como a una tonta y pretendan que me crea que se puede crear un banco estatal que compre toda la bazofia de las "empresas privadas dedicadas a la banca" de este país sin que suponga un perjuicio, un coste o un mal mayor futuro... No hay otra manera, dicen. Que me pregunten, que no soy nadie, que pregunten al pueblo, a millones de personas que no se dedican a la economía, ni mucho menos, y aún así paren ideas mil veces mejores que las de estos políticos que supuestamente cuidan de nosotros. 

Ya sé que el sistema financiero es hoy lo que la Iglesia era en la Edad Media, el poder sumo, el manipulador de las marionetas, pero es que esto clama el cielo. Hemos vuelto al Despotismo Ilustrado (todo por el pueblo, supuestamente, pero sin el pueblo, ¿recordáis?), y yo yendo a votar como una tonta. He oído varias veces que quizá sea la única forma de hacer que el país cambie desde sus cimientos, sanee su economía, pero yo creo que somos un país de peineta, pandereta y piojo, y necesitaríamos años y un cambio cultural brutal para poder ser tan productivos y organizados como países a los que nos quieren asemejar. ¿Qué se puede esperar de una nación en la que si pones una expendedora de periódicos sin dosificador sólo leería una persona? Seremos "el corralito" de Europa, uno de los países a los que el euro le vino inmenso.

Y ahora nos hacen creer que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, esos mismos que "cuidan de nosotros" y nos han organizado la vida para vivir como vivimos... tócate la narices. Si tener una vivienda digna para vivir y un coche para poder ir al trabajo es vivir por encima de mis posibilidades, entonces por supuesto que sí, pero sólo en España que el poder adquisitivo es un engaño y cobramos una tercera parte que en otros paises en los que la vivienda cuesta lo mismo que aquí. Además tengo el pequeño defectillo de necesitar comer para vivir (caprichosilla que es una).

¿Sanidad? ¿Cultura? ¿I+D? ¿Por qué se ceban en las tres claves de la evolución y prosperidad de un país?  ¿Preparándonos para el servilismo y la ignorancia? Qué bien, me quedo más tranquila.

Si hay democracia de verdad y este gobierno trabaja para mí, le ordeno que no anime a mi jefe a que me despida, que no permita que mi banco me robe mi casa y mi dignidad, que no me tire a mí y a otros tantos millones de personas a la basura como un mal menor para el saneamiento de una economía destruida por el mismo sistema financiero que quieren salvar por narices. Y si no obedece... lo despido con derecho a un mes y pico de paro. Si trabajan para mí, no quiero que " salven" a un sistema financiero, a una banca, que por podrida, corrupta y confundida nos ha traído hasta aquí; no, que va, quiero que los juzguen, que vayan a la cárcel si toca y que creen una nueva banca que no se confunda tanto ¿tan difícil es? Claro que sí... pero...

¿Más que esto?




MIKA 

viernes, 24 de agosto de 2012

Crónica 1 (31-07-2012)


Hoy hemos madrugado.
Un calambre de tímida satisfacción ha recorrido mi espalda al captar los rayos de luz del sol colándose a través de las rendijas de la persiana. Hoy me apetece acompañar a Gartxen. Debe estar igual de emocionado que yo, aunque él lo demuestre roncando, murmurando y remoloneando en la cama cual ballena varada.
Casi todos esperan ya en el Junira… ¡Vamos Txen! Amaia se va a la playa. Ramón se ha pasado sólo a desayunar. Somos muchos… quince, doce motos. Carrasco nos va a guiar.
Ya salimos…
No soy motera, sólo pakete, pero el rugido absolutamente heterogéneo de motores, los destellos de brillo sobre el metal de colores, las bromas, el ambiente… te afectan en cierta manera, te vienes arriba, y es entonces cuando te encomiendas al dios asfalto, a la naturaleza, al viento que te va a acompañar…
… en el minuto siete ya me encomendaba a otro tipo de dios:
                “Jesusito, Jesusito… que no se me llene la boca de carretera”.
¡Carrasco está fuera de sí! Somos los segundos y no queremos perderle… Curva a la derecha, curva a la izquierda, de nuevo a la derecha, la carretera se estrecha, se estrecha más… ¡¿Pero cómo vamos a subir eso?! ¿Y la bajada…? Gartxen reduce, re-reduce, requetereduce… ¿No hay marchas más cortas?
                “Jesusito, Jesusito…”
Descubro que tengo un superpoder de dudosa practicidad, el de hacer el vacío con mi trasero. Gartxen me pregunta si voy bien.
                —¡Te noto tensa!
                —¡Yo ni me noto!
Carrasco nos va indicando (muy bien, todo sea dicho): Un pollo, una gallina… ¡mira que cabra!... y el bidegorri… ¡Anda, banquitos, merenderos y barbacoas! No puedo mirar, tengo la sangre de mi cerebro concentrada en desalojar mi esfínter de entre las costillas flotantes.
                “Qué bonito…”
He conseguido captar algunos paisajes por el rabillo del ojo… qué maravilla, qué altura… Otra vez bajando. Carrasco nos hace señas:
                —¡¿Qué quiere decir eso?! –le pregunto incrédula a Gartxen.
                —¡Que la carretera baja!
—¡¿Cómo que baja? ¿Y qué es lo que ha hecho hasta ahora?!
Pánico y desolación.
                “Jesusito, Jesusito…”
Llegamos a un bar que se llama “Cantabria”, pero no tengo ni idea de dónde estamos. Recuerdo haber tomado un pintxo y una coca-cola a la espera de recuperar la sensibilidad perdida en lugares de mi cuerpo que jamás se habían dormido anteriormente. Comprendo que voy a necesitar mucha rehabilitación para volver a abrir mis posaderas.
                —Anda que si llega a venir Amaia… —coincidimos Alex y yo.
Fotos, paisaje bonito… Vamos a seguir hacia Ermua, creo… ¿luego Bolívar? Es lo bueno de ser pakete, otros mandan. Ahora vamos por carreteras más normales (o lo que es lo mismo, menos cercanas a mi concepto de la muerte). El presi, Olagarro, Iholdi y Kepa se desvían. Nos pegamos a Oscar que nos deleita con un concierto de violín, un baile cursi a lo Marisol y todo un espectáculo de variedades sobre la moto. Se conmueve al ver una libélula, nos la señala emocionado, recordándome a Carrasco escasos minutos antes. Yo ni siquiera veo las rayas de la carretera… ¡para ver al jodío bicho!
Otra paradita, unas birras, y cada mochuelo a su olivo.
¿Lo más preocupante?
¡Que me ha gustado!

jueves, 3 de mayo de 2012

Misión en México (Extracto de "El Privilegio del Rey Roto")


(...)

Yo confiaba plenamente en Paul. A lo largo de los años, el que había empezado siendo para mí el hierático e inaccesible señor Smichen, se había convertido en un hermano, en el mejor amigo que jamás hubiera podido tener. Cuidaba de mí y siempre se preocupaba; claro que a veces tenía que regañarme y castigarme, pero normalmente todo nos iba bien. Mi vida estaba a sus pies. El trabajo lo era todo para mí, y mis compañeros, mi familia. Así que haría lo que fuera por ellos y por las necesidades del jefe, fueran las que fueran.
Fui en busca de Paul. Él debía darme las instrucciones de mis próximos movimientos. La sala de servidores era su lugar preferido para meditar y supuse que lo encontraría allí. A mí aquella estancia no me gustaba tanto como a él; tan oscura pese a los cientos de leds de colores que no paraban de bailar por doquier, y el ambiente frío… no era un lugar agradable a mi modo de ver. Sin embargo Paul se aislaba y pensaba con mayor objetividad allí enclaustrado.

—¿Paul? ¿Puedo pasar?

—Allan… ¿ya te has despertado? ¿Cómo te encuentras?

—Bien, no te preocupes. Mucho mejor.

Avancé sigiloso. Me estremecí por la baja temperatura del lugar.

—Allan, estaba pensando… ¿estás seguro de que no pudo comprobar la inspectora dónde te había alcanzado con el disparo?

—Me giré antes de levantarme del suelo, después de ser abatido, y no pude verla, por tanto ella a mí tampoco, estoy casi seguro. Y no dejé sangre.

—Bueno, Allan, aunque tuvieran tu sangre tampoco iban a poder descubrir gran cosa.

—No, supongo que no…

—Lo que me preocupa es que busquen a alguien herido de la mano derecha ¿comprendes? Por mucho que te hayan escayolado, serían excesivas las sospechas.

—¿Quieres que me retire? A lo mejor puedes mandar a otro a realizar mi trabajo —muy a mi pesar, eso podía ser lo mejor por el bien de todos.

—Ni hablar, Allan, ya sabes que eres de mi plena confianza. Sólo quería conocer tu opinión, si es fácil o no que te identifique la inspectora.

Siempre me emocionaba comprobar la estima que me tenía. Era reconfortante.

Todo había comenzado en una misión en México. La hija de una amiga del jefe había sido secuestrada por una banda de delincuentes nacida de la alianza de otras bandas, ya de por sí bastante peligrosas. El jefe se había comprometido a salvarla “como fuera”, y ahí entrábamos nosotros, dispuestos a todo. Integrantes del cuerpo de policía y algunos mercenarios, ex agentes de distintas inteligencias, estaban asociados y colaboraban directamente con esta banda, que además se dedicaba a diversos negocios de explotación y distribución, y eran proveedores, casualmente, de la empresa de la madre de la muchacha secuestrada, la amiga del jefe.

Teníamos órdenes estrictas. Debíamos actuar al margen de cualquier legalidad y sin levantar sospechas. Tras cinco días en México DF, indagando y echando mano a todos nuestros contactos, descubrimos que era muy posible que la niña se encontrase en una finca a las afueras de Tepetlixpa, no muy lejos de México DF. Así que Paul y yo, después de informar debidamente al jefe, nos dirigimos allí armados hasta los dientes.

Estuvimos dos días apostados en un alto cercano a la finca, estudiando los movimientos, las idas y venidas, la posible vigilancia… pero nada. Allí sólo se veían mujeres trajinando, y de vez en cuando, algún niño correteando tras un balón.

Paul estaba por encima de mí; llevaba más tiempo en la empresa y dirigía la misión; no le gustaba que opinasen sobre su forma de llevar las cosas, así que yo me limitaba a seguir órdenes. Decidió que íbamos a entrar aquella noche y yo simplemente asentí mientras preparaba todo el utillaje que íbamos a necesitar para el asedio.

Entramos allí con la preocupación del que siente que algo no cuadra. Un secuestro importante, de mucho dinero, ¿y nada de vigilancia? Pero nuestras sensaciones no eran importantes en aquel momento. Había una misión que cumplir y ninguna excusa posible ante el fracaso.

En la finca reinaba el silencio más absoluto, y fuimos comprobando todas las estancias, inspeccionándolo todo, sumergidos en el mayor de los silencios. De pronto dimos con la habitación adecuada; unos diez niños dormían apaciblemente sobre unos camastros aparentemente improvisados, rodeando, como si la vigilasen, una cama más grande con nuestro objetivo atado de pies y manos a sus cuatro esquinas. Paul retrocedió con sigilo y me hizo una señal para que saliera de la habitación con él. Una vez fuera, me comunicó con señas que entraría él e intentaría sacar a la niña sin despertar a sus guardianes. Y así lo hicimos. Sabíamos que de despertarse alguno, daría la voz de alarma y alguien vendría a por nosotros, pero no imaginábamos que aquellos niños cumplían en sí mismos la función de vigilancia y estaban armados y desprovistos de conciencia.

(...)

MIKA


La visiten de Matrusken (extracto de "Matruska la pelandruska")


En esta parte de la novela, Matruska está recordando su cruel adolescencia. Ha pasado el verano en Estepona y allí se ha enamorado de un “dios nórdico”, Norbert Schwimmbäder, al cual persigue hasta Berlín. Él no se esperaba verla tirada junto a la puerta de su casa, y decide esconderla en su desván antes de que sus padres descubran tremendo desatino.
(...)

—Tú te vas a quedarrrr aquí, ¿ya?

Ya.

—Y no harrás rrruido, ¿ya?

Ya… —echó una ojeada a su alrededor—. ¿Aquí, Norbi?

Ya. Si te ven mis padrrres me matan.

—¿Pero por qué, Dios? ¿Por qué todos quieren acabar con nuestro amor? ¿Por qué el mundo es tan injusto? ¿Acaso merecemos tanta penuria, tanto dolor… tanto sufrimiento?

Ya… estooo, nein, clarrro que nein. Ya se me ocurrirrrá algo.

—¿Pero vendrás a estar conmigo?

Norbert salía por la puerta a toda prisa mientras Matruska extendía sus brazos hacia él.

Ya, ya

La muchacha, aún emocionada por el emotivo encuentro, se sentó sobre unos cojines que descansaban en el suelo, bajo un pequeño ventanal por el que se colaba la escasa claridad del día. Observó a su alrededor.

—Qué ilusión le ha hecho… ¡Hay que ver lo que nos amamos!… y qué de agua con gas, con lo mala que está…

Por lo visto utilizaban aquella estancia como almacén, porque había un montón de tambores de algo parecido al detergente español, botellas de agua y lejías.

—Qué hambre tengo —susurró.

Suspiró imaginando cómo en cuanto anocheciera, Norbert subiría a encontrarse con ella, trayendo consigo los restos de la suculenta cena que habría preparado su futura suegra. Atusó los cojines a modo de colchón y se tumbó para poder descansar un poco. Estaba emocionada, pero necesitaba echarse un rato, sólo hasta que su amado la despertase con un beso en la frente.

Enseguida se durmió profundamente.

Varios días después, sus padres, ajenos a las vicisitudes de la criatura, disfrutaban de un plato de marmitako frente a la televisión. Era la hora de las noticias y a Pedro le encantaba verlas sentado a la mesa. Normalmente Matruska no paraba de parlotear y no le dejaba enterarse de nada, pero su hija estaba de ejercicios espirituales y ahora eran los que buscaban sosiego y tranquilidad en la meditación los que debían armarse para esa guerra. Pedro se sintió más etéreo que nunca.

—Siempre malas noticias... ¿no podrían decir cosas buenas alguna vez?

—Chssss, son las noticias mujer, ¿qué quieres? Para anunciar los sanfermines ya está la portada del ABC.

—Ya, pero es tan triste…

—Mira, ya empiezan con las noticias internacionales. A ver si a los extranjeros les pasan cosas mejores.

Una muchacha joven pintada como una mona y disfrazada de Vicky Larraz, leía la información directamente de unas octavillas que sostenía entre sus manos. Puri pensó que debía resultarle imposible concentrarse a la pobre mujer con tanta laca en el tupé. En la parte superior derecha de la pantalla se mostraba un recuadro en el que se iban sucediendo imágenes relacionadas con la noticia en cuestión, pero las hombreras desmesuradas de la presentadora no dejaban lugar nada más que a la imaginación.

          —Y vamos con lo que está pasando fuera de nuestras fronteras…

 La ataviada muchacha podría haber dormido a cualquier insomne con la carencia nasal de su voz.

         —Una adolescente española pasa ocho días encerrada en la buhardilla de un piso en Berlín, sin más alimento que sus propios enseres. La muchacha, que no ha querido desvelar su identidad, ha sobrevivido gracias a que eligió como escondite el lugar donde los vecinos guardan asiduamente sus botellas de agua y demás refrescos. La joven, que víctima de un feroz apetito finalmente tuvo que comerse sus alpargatas de diseño, confesó a la prensa que “no podía salir antes con el pelo así de sucio". Según fuentes extraoficiales, la joven esperaba a su novio que era vecino del edificio, y que se encontraba, desde hacía siete días, de liguilla de fútbol por Bayern…

—Anda Puri, prepárame una maleta que voy a por la cría.

—Si Pedro, enseguida —la mujer, resignada, se adentró en su habitación.

—¡Y mete unas zapatillas para ella!... ¡Que se ha jamado las que llevaba!
Cuando Matruska vio a su padre a lo lejos en el aeropuerto de Berlin, se lanzo a sus brazos llorando y gritando:
—¡Papi... creía que me quería y no me quiere!

—Ya lo sé mi amor, ya lo sé —la abrazó sin poder evitar contagiarse de su llanto desconsolado.

(...)

MIKA


La muerte de un narciso (extracto novela "La Ley del Dios Ciego")


(...)

Es que me moría por matarlo. Tenía el punzón bajo la palanca del freno de mano y lo estaba rozando con las yemas de mis dedos.

—Bueno, supongo que no muchas se rajarían el cuello por ti… ¿o sí?

Noté cómo contenía la respiración mientras volvía la cara hacia mí con gesto de asco.

Iba a decirme algo y yo no quería oírlo, así que agarré con firmeza el pincho y lo dirigí con toda mi fuerza a su pecho; un solo golpe, fuerte, firme.

Y ya no pudo replicar.

Me quedé muy quieta, con el brazo extendido hacia su torso, el puño agarrotado alrededor del mango del buril, y el pincho profundamente incrustado en su corazón. Tenía gracia que se pudiera matar de tal manera a alguien que siempre había hecho gala de carecer de dicho órgano vital.

Con un tirón seco saqué el punzón de su negra prisión, y con un pañuelo de papel limpié la sangre para luego quemarlo en el cenicero. Devolví la herramienta a su lugar, bajo mi asiento.

Observé a Adolfo durante un momento. Era tan guapo.

Sus ojos abiertos denotaban sorpresa, pero por lo demás la ausencia de vida no le había robado la belleza, de momento. A este no lo enterrarían así de bien. Eso hubiera querido él.

Miré desde la protección del interior de mi coche hacia todos los lados para comprobar que no había nadie merodeando. Llevaba meses vigilándolo, y estaba muy solo, siempre. Por las mañanas, iba una chica a limpiarle la casa mientras él trabajaba. Aún así toda precaución era buena para evitar disgustos.

Salí al exterior y abrí la puerta del copiloto. Me puse unos guantes de látex y tiré de sus pies para arrancarlo de su asiento y poder arrastrarlo hasta la piscina. Sufrió bastantes golpes en la cabeza durante la bajada, pero después de unos cuantos eufóricos tirones, tenía su cuerpo echado de espaldas sobre la gravilla del camino. Me había dejado una manchita de sangre en la chapa del coche y fui rápido a limpiarla con otro pañuelo de papel; no debía escapárseme nada. Decidí guardarme el pañuelo para quemarlo luego junto a los guantes. Desnudé su cuerpo sin vida cuidadosamente, tirando la ropa al contenedor que había a dos metros de mí.

Me dispuse a arrastrarlo de nuevo, pero primero le empujé por el costado para hacerle girar sobre sí mismo, quedando así boca abajo. De ese modo perdería no sólo su vida, sino también lo que más apreciaba, su belleza.

Tiré de él con todas mis fuerzas llevándolo hasta el borde de la piscina. Al llegar a nuestro destino volví la cabeza para asegurarme de que no había perdido nada por el camino, y descubrí que había dejado un rastro de sangre que me recordó, de una forma no carente de ironía, a aquel reguero de sangre sobre la moqueta de la habitación de Gina la mañana que la encontré sin vida.

Iba a dejarlo allí, tumbado en el bordillo boca abajo, asomado buscando su reflejo en el agua, pero no pude, tuve que darle la vuelta para observar por última vez mi obra y asegurarme de que el cabrón entraba en el otro mundo sin su preciado encanto. Apoyé el tacón sobre su costado y empujé con fuerza para que quedara boca arriba; pesaba demasiado, así que tuve que usar las manos. Efectivamente había perdido su belleza: la nariz estaba desgarrada, los ojos, llenos de sangre, ya no transmitían nada, y algo blancuzco asomaba bajo su pómulo izquierdo; la mejilla supuse.

No quedaba hermosura alguna en su rostro.

(...)

MIKA