lunes, 23 de abril de 2012

Las cosas de la vida...


Si una cosa tengo clara en esta vida, es que nos rodean los extraterrestres; y no me refiero a los oriundos de otros planetas, no, sino los que aparentemente viven entre nosotros mientras sus mentes flotan por el espacio exterior.

Un día estás hablando con una amiga. Te sientes vulnerable, expuesta, dolorida ¿y por qué no? algo avergonzada. Vas a revelarle un secreto feo, pero es tu amiga (o no, pero crees que tu historia puede ayudarle o hacerle comprender). Te tiras a la piscina:

—Ay, Puri, mi Ernesto me la está pegando.

—¡¿Qué?! ¿Pero qué dices, mujer? No puede ser ¡Ernesto sólo ve a través de tus ojitos!

—Pues para que veas… Estoy destrozada. Comenzó llegando tarde a casa algún día entre semana; trabajo decía, hasta que se convirtió en un hábito. Yo esperaba y esperaba, con la cena puesta y todo, pero él no llegaba. Un día, lavando su ropa, descubrí carmín en el cuello de un par de camisas, y por fin capté el dulzón aroma que mi pituitaria se había negado a reconocer: perfume de mujer. Comencé a rebuscar entre sus cosas… la angustia, la incertidumbre de algo que por otro lado era demasiado evidente… estaba acabando conmigo. Y ahí estaban… ni se molestó en esconderlas: tres bragas en la guantera del coche, Puri ¿te lo puedes creer?

Puri te escucha atónita, no da crédito al parecer.

—Mujer…

—No, Puri, no quiero compasión. He visto los sms de su móvil… ¡incluso guarda unas fotos poco recatadas que se ha hecho con ella!

Ya está, ya le has desnudado tu alma, ya lo sabe. No estás muy segura de cómo deberías sentirte y esperas a que ella te diga alg…

—Hija, Vanesa, pues a mí me pasa lo mismo… y sin embargo a mí mi Manolo no me pone los cuernos.

¡Hala! ¡Tócate las narices! Que se te queda una cara de gilipollas…

Pues esa… esa es la cara que se me queda a mí cada vez que hablo con algunos de mi anorexia.

¡Si es que está claro que compré todas las papeletas y me tocó el premio gordo! Todos los demás que se han sentido alguna vez como yo a lo largo de tantos años, tienen una buena excusa: ha sido sólo por complexión… y la depresión, las neurosis y fobias… pura casualidad. La de veces que tiene una que oír “yo estaba flaquísima y sólo quería engordar, pero por mucho que comiera, nada, lo gastaba todo con los nervios”. O eso tan chulo de “yo tuve principio de anorexia, pero un día se fue”, que te dan ganas de decir “sí, con las uñas, el pelo y las ganas de procrear”.

En fin...

MIKA


jueves, 12 de abril de 2012

Extracto de "Hija de la Furia"

Este es el beso de Noah. Es una "mujer" muy antisocial y odia el contacto humano, o al menos eso se cree ella. ¿Cuánto le durara esa coraza?


(...)

—Ven.

Negó con la cabeza.


Yo asentí y se acercó, muy asustado y nervioso de nuevo.

Posé mi mano sobre su rodilla. Tembló, aunque enseguida se relajó un poco. Estaba tocando sólo la tela vaquera, no su piel, así que debíamos avanzar. Levanté la mano extendida mientras le observaba. Eric alzó suspirando la mano izquierda y acercó su palma  a la mía. A dos centímetros ya podía sentir el intenso calor que despedía. El traqueteo de su acelerado corazón retumbaba en las paredes de la habitación; yo no iba a poder soportarlo, no así, no sin comprender todo lo que él estaba sintiendo y me estaba transmitiendo. Comprendí que aquel miedo desenfrenado no era de él, sino mío.

Tuve que retirar la mano.


—¿Qué te ha pasado, Noah? ¿Quién te ha hecho daño?


—Nadie —repliqué bastante azorada.


—No eres capaz ni de rozar mi mano. No te haré nada malo.


—Ya lo sé… es que… no me gusta que me toquen —repliqué indignada por su condescendencia.


Qué debilidad tan humana, pensé. Si no soy capaz de sentir, ¿por qué sí puedo repudiar el contacto humano? No debía tolerar aquella situación, no me iba a vencer. Esos sentimientos estaban despertando otros enterrados hacía décadas. ¿Indignación? ¿Miedo? ¿Angustia? Tenía que cumplir aquella misión si quería que todo reastro humano desapareciera de nuevo.


Tomé a Eric por la nuca y me lancé de golpe contra sus labios. Al principio se retiró un poco, seguramente dolorido por el golpe, pero enseguida abandonó su conato de resistencia. Me quedé petrificada. Estaba inclinada sobre él con mi boca contra la suya, y era incapaz de hacer otra cosa que no fuera respirar, y no sin gran dificultad. Mis ojos se estaban humedeciendo ¿Lágrimas? Aquello era intolerable. Mis sentimientos se superponían sobre los de Eric y la empatía no me servía de nada.


No habían pasado ni cuatro eternos segundos cuando mi compañero se zafó ligeramente de la fuerte presión que ejercía sobre él mi agarrotamiento. Suavizó sus labios y acarició los míos. No podía moverme, pero poco a poco el miedo fue desapareciendo; me estaba relajando. Dejé que prosiguiera y entendí sorprendida que no se estaba enfadando por mi falta de respuesta. Era distinto, no quería dañarme, y presentí que tampoco me heriría “sin querer”. No era desagradable y por un instante me dejé llevar. Liberé mi boca de su rigor y respondí a su beso. Me aproximé despacio, pegándome más a él hasta que las leyes físicas se convirtieron en una barrera; entonces rodeé con mis piernas su cintura como si un imán muy potente ejerciese su poderosa fuerza sobre mí. Un golpe de calor sofocó todo mi cuerpo. Eric estaba cardiaco, excitado y plenamente absorto en mis movimientos; súbitamente y sin poder contenerse más, me tomó por las caderas y presionó mi cuerpo contra el suyo. De pronto no fui capaz de discernir entre sus sensaciones y las mías, pero de nuevo el miedo se apoderó de mí, y sospeché que no era sólo cosa mía.

Salté hacia atrás golpeándome contra el cabecero de la cama. Aquello había ido demasiado lejos.


—¿Estás bien? —se abalanzó sobre mí muy preocupado.


—Sí, claro... tranquilo —procuré parecer natural y distante.


(...)


MIKA


Extracto de "Lo Ajeno"


Se me hace muy difícil escribir esta historia. Nació cuando hice mi primer taller literario y desde que surgió el esbozo, Maya, la protagonista, me ha puesto la piel de gallina. No es macabro y procuro no ser explícita, pero aún así...

(...)
El sonido amortiguado de las pisadas de Leo agita la respiración de Maya. Es un acto reflejo. Él lleva las botas con suela de goma que nunca se quita, creyendo que así nadie se percatará de su presencia; pero su hermana pequeña ha tenido que aguzar todos sus sentidos para protegerse de él, así que distingue sus pasos sin dificultad.
Asustada, entra en el armario empotrado, ese al que hace no tanto tiempo le daba pánico dar la espalda por las noches mientras dormía, por si salía de él el hombre del saco y se la llevaba lejos de su familia, a un espeluznante mundo que su madre le había descrito con todo lujo de detalles. Ahora quiere que ese temido ser venga a por ella, que se la lleve lejos de allí. Al menos sería otro lugar. Una vez dentro, cierra la puerta de endeble chapa lacada y se sienta en el fondo, con la espalda contra la pared, abrazándose las rodillas con sus magullados y esqueléticos brazos. Intenta recordar la canción que le han enseñado hoy en el colegio, en la clase de sor Leonor, pero sólo consigue canturrear una melodía abstracta. Una gotita de sudor frío se desliza por su nuca. Tiembla.
No sirve de nada esconderse, siempre la encuentra. Es bueno buscando, implacable.
Antes no era así, o al menos no se interesaba por ella de ese modo, hasta que cumplió los once años y comenzó a parecer “una mujercita”.
Leo, desde que había cumplido los dieciséis años, pasaba la primavera y el verano en la granja de los Ciempoza. Cobraba un salario más que bueno, y según su madre muy necesario, para que luego pudiera pasar el resto del año ayudando a su padre en las miserables y casi baldías tierras de su propiedad, que iban manteniendo a la familia de mala manera.
Ahora la llegada del otoño le traía amargura a Maya. Leo volvía, y lo hacía cada vez más ansioso, más fuerte.
Está cerca. Una tabla suelta del suelo rechina.
Se acabó la paz. Contiene la respiración.
Caen las hojas… llueve…
… La nieve lo cubre todo…
… Y por fin los almendros que se ven desde la ventana del cuarto de Maya están plagados de flores. Espira, pero las hojas caerán de nuevo.
—¡Maya, ponte el dichoso lazo de una vez! —su madre, Carmina, va de un lado a otro por toda la casa buscando algo de manera compulsiva—. ¡Vamos a llegar tarde!
—Mamá, tranquila, vamos con tiempo… y no quiero ponerme el lazo, ya soy mayor para esas cursiladas. Tengo quince años.
—Si tu padre, que en gloria esté, levantara la cabeza –-se santigua de forma automática e imprecisa— bien sabe Dios que te daría un guantazo, por contestona. Nunca has querido ser obediente como debe ser una niña decente y bien educada, pero hoy se casa tu hermano y no me vas a fastidiar la fiesta.
Maya piensa con amargura que su alivio se va a convertir en el suplicio de una pobre desgraciada, la hija pequeña de los Ciempoza, Lara, que ha cometido la imprudencia de querer casarse con el monstruoso Leo. Vivirán con sus suegros, trabajando en su próspera granja.
Algún día Maya podrá dejar de temblar al olvidar el sonido de aquellos pasos secretos acercándose a su armario, pero por el momento sigue vacía y muerta de miedo.
El calor fue insoportable aquel verano y lo poco que seguían cultivando desde la muerte de su padre, se estropeó. Vendieron la granja y de mudaron a la ciudad, donde su madre encontró un cuartucho muy barato y un trabajo de camarera en una cafetería cutre.
Caen las hojas y de nuevo el corazón de Maya se desboca. Al parecer su subconsciente no procesa que Leo ya no volverá, pero con el paso de los días la ansiedad se va mitigando dando paso a la nada. Ya no tiene de qué protegerse y su vida ha perdido todo sentido.
La nieve de las calles certifica la ausencia de su hermano mayor, y así continua todo más o menos tranquilo durante dieciocho años.

(…)

MIKA

Extracto de "El Privilegio del Rey Roto"


Para que luego no digáis que todo lo que escribo es macabro... Esto sólo es un poco... bueno, ya me diréis.
(...)

Es increíble cómo uno puede llegar a acostumbrarse a ciertas cosas.

Al principio siempre sucede lo mismo; la primera bocanada de aire que tomas te obliga a retroceder, te inunda los pulmones, como el amoniaco. Todo se impregna. Pero pasados unos segundos ya no percibes la diferencia.

Algunos dicen que no se habitúan al olor de la carne pudriéndose. Yo creo que lo que les afecta es saber que es humana.

Avancé lentamente por la estrecha gruta. Estaba perfectamente iluminada, llena de focos por todas partes. No había resultado sencillo descender por aquella accidentada garganta, pero los primeros agentes en llegar ha-bían montado todo un dispositivo para poder alcanzar el escenario sin mayores dificultades. Después de dos curvas, una a la izquierda y otra a la derecha, se abrió ante mí aquel espeluznante espectáculo.

He de reconocer que la primera bocanada fue más brutal de lo habitual. El hedor era terrible.

Al principio, mi mente normalmente abierta, no fue capaz de comprender todo el conjunto de aquella visión, y el subconsciente me obligó a fijar la mirada en una simple mano, el extremo lógico de un cuerpo, como si no perteneciese a un todo.

Me estremecí. Era una mano femenina, estilizada, pero donde debían estar las uñas, sólo se encontraban heridas repletas de jirones de piel y de carne ensangrentada. Me rechinaron los dientes. Decidí continuar, avanzando por el brazo hasta llegar al torso, abierto y vacío; ennegrecido. Las vísceras, azuladas y retorcidas, descansaban entre sus piernas abiertas mientras miles de insectos y larvas otorgaban a la figura una sensación macabra de movimiento.

Suspiré con todo mi ser mientras caminaba resignada esquivando cuerpos sin vida.

Me detuve cerca de un escollo, que sobresalía pegado a una de las paredes de la cueva, y me decidí a trepar sobre él para conseguir así una mejor perspectiva desde las alturas. Fui consciente de repente de cómo todos los músculos de mi cara se habían contraído y apreté aún más los labios.

La imagen era desgarradora.

Al menos cien cuerpos, al parecer todos femeninos, se extendían sobre el irregular suelo de aquella covacha. Algunos se amontonaban, como si algún tipo de excavadora los hubiera dejado caer toscamente desde su pala, como si no tuvieran ningún valor para nada ni para nadie. Se encontraban en distinto estado de descomposición y sus rostros transmitían un horror indescriptible.

¿Cuánto habrían sufrido aquellas mujeres?

(...)

MIKA


miércoles, 11 de abril de 2012

Extracto de "Clarita McFly y su Odisea del Espacio"


Me he pasado las vacaciones vegetando y comiendo, pero algo ya he podido escribir. Sobre todo estoy centrada en "El Privilegio del Rey Roto", la segunda novela de la Trilogía Kratos, aunque quiero ir colgando trocitos de aquí y de allá, por si os apetece criticar un poco.

Aquí dejo un extracto de "Clarita McFly y su Odisea del Espacio". Clarita está de vuelta a casa, llega tarde a su pluriempleo en el laboratorio secreto del ejército y tiene que organizarse como puede.


(...)

“Ya torito toriiito, ya torito braaavooooo…”
Cerró la boca, se tapó la nariz y los ojos, y un momentito después estaba de nuevo en la “Estación Mirandilla del Fresno Transportes Galácticos, S.L.”.
—Protocolo de estabilización molecular completado. No se han producido déficits de importancia vital. Que tenga una buena tarde señora McFly.
—Gracias guapa.
“Déficits de importancia vital”. Clarita no tenía muchos estudios, más bien pocos, o ninguno, pero aquello le sonaba muy mal. Al fin y al cabo ¿qué consideraban que fuera preocupante que perdiera por el camino? Porque, por ejemplo, sus cejas no eran de importancia vital, pero si las perdía ¿cómo sabría la gente cuando estaba enfadada o sorprendida?
Sin dedicarle más tiempo a tal preocupación, y sustituyéndola por otras más habituales, cogió su bandolera y salió a toda prisa a la calle. Ya llegaba tarde si quería comer en casa y no retrasarse en el laboratorio.
En la puerta de la estación tomó el autobús de la línea 15 que la dejaría en la parada de Vía Segismunda Parda para coger el 40 que la acercaría al Parque del Abandono y así poder subirse al metro de la línea 42 que por fin la dejaría a catorce manzanas escasas de su edificio. En un santiamén en casita.
A las dos y veintisiete estaba cruzando la puerta de la cocina para calentarse el escalope que se había empanado por la mañana antes de salir hacia la nave, y aliñarse una ensaladita de bolsa. No le iba a dar tiempo.
—Porras, voy a tener que ir en coche —se quejó agobiada.
Clarita tenía coche, claro que sí. Su padre, al morir, le había dejado su viejo deportivo. Era precioso, un cásico, y tenía un gran valor sentimental en la familia. Lo de repostar era un infierno, pero su hijo había contactado por internet con un señor que fabricaba el combustible como hobbie. Los fines de semana no le importaba tanto coger el coche para darse un paseo o acudir a alguna cita con su amiga Tamara; pero los días de diario, y sobre todo cuando tenía prisa, era un horror. Cuántas veces había ido a las compras y se había encontrado una y otra vez cerrando de nuevo la puerta de su casa para salir a comprar, o había aparecido ya en la cama, a las tantas de la noche, y sin haber comprado los pepinos y los pimientos que necesitaba para hacer el gazpacho de la cena que ya nunca disfrutaría conscientemente. Y es que en cuanto hacía sin querer el juego de embrague un poco brusco en algún semáforo, el Delorean se ponía como loco y ya sólo dejaba dos regueros de fuego en la carretera.
Al menos, si cogía el coche, le quedarían unos minutos para poder sentarse a comer tranquila. Así que intentó relajarse un poco y se perdió en sus pensamientos.
“Que no se me olvide hacer limpieza en la salita el fin de semana, que la tengo abandonadita… ay, qué asco de telaraña… si la abuela levantase la cabeza…”
Sobre el aparador de la sala descansaba el retrato de su abuela Saturnina. Ella había comenzado con la tradición de mujeres limpiadoras en la familia, una saga de féminas pulcras y responsables; aunque iba a ser una estirpe muy corta, porque a pesar de los esfuerzos de Clarita por guiar a su hijo hacia ese camino, él insistía en ser pollero, y para ello se había preparado en la universidad en los últimos años.
Saturnina había tenido una vida espléndida. Desde jovencita trabajó  como asistenta interina de dos doctores, padre e hijo, arqueólogos muy conocidos, ambos catedráticos en la universidad. Había sido una más en la familia, sobre todo a partir del fallecimiento de la señora, cuando pasó a convertirse en el sustento verdadero de aquel hogar. ¡Qué historias le contaba a Clarita cuando era una cría de lazos, qué aventuras insólitas! Ser asistenta debía ser el mejor trabajo del mundo. Abuela Saturnina tenía muchas discusiones con su marido, el abuelo Marciano, porque no comprendía tanta ausencia de su parienta. Las “disputas galácticas” las solía llamar el yerno. 

“—¡Ya pasas todo el día en esa casa cuidando de ellos ¿ahora tienes que dormir allí todos los días?!
—¡Pero si casi siempre ha sido así, incluso cuando vivía la señora yo dormía allí prácticamente todos los días!
—¡Pero antes tenías tu habitación… una intimidad!
—¡Eres un burro! ¡Estás obcecado en no querer comprender que necesitaban mi habitación para montar un gimnasio/bodega!
—Mujer, es que no me parece que duermas en la cama del señor por poco espacio que haya.
—Mira que eres “especialito”, Marciano.”

Qué bellos recuerdos para Clarita. Cómo echaba de menos a su abuela. Aquel desgraciado accidente que nunca llegarían a comprender, había destrozado a toda la familia. Y es que pasados tantos años, aún nadie entendía que un edificio entero desapareciera sumido en un remolino formado por almas atormentadas en ascensión a los cielos. Sus señores, durante los funerales, no paraban de decir lo mismo.

—Le dijimos que no tocase nada de la despensa, que no limpiase allí… y ella dale que dale con que el Arca tenía polvo… ¡Qué tragedia!

(...)


MIKA


viernes, 23 de marzo de 2012

MATRUSKA LA PELANDRUSKA (Extracto novela)


Las desgracias de Niko


Os dejo un retalito del viaje de Matruska en el atunero. Se encuentran bordeando África con destino Seychelles. Matrus le hace una visita a Isabelita, la cocinera del barco.

(…)

—Matrus, Nikolás me pregunta mucho por ti. Creo que le gustas.
—Isa, no quiero que me líes, ya te lo he dicho. Soy una asesina del amor. Y además… ¿Nikolás?

—Es buenísimo, niña, te lo digo yo.

—Y no lo dudo… pero algo ñoño ¿no?

—Es por el acento gallego, que parece que tiene una penita colgando. Pero en realidad es muy alegre.

—Ya. Y tú con el capitán ¿qué?

—Huy, hablando del rey de Roma…

Por la puerta entraba Nikolás sirviendo de excusa a la cocinera para abandonar el peliagudo tema.

—Hola, mozas.

—¿Qué te pasa que pareces triste? ¿Tienes hambre, Nikolás?

—No, es que me llamaron, que murió mi tío Xusto.

—Ay, cariño, lo siento.

Se apresuraron a darle un beso.

—Yo también lo siento, Nikolás.

—Si es que ya me dijo madre que no fuéramos a comprar aquel trasto… pero él quería bajar y subir al terreno decentemente, y me pidió que lo aconsejara…

—Por Dios, pero ¿qué le ha pasado? —necesitó saber Matruska.

—Pues que el terreno donde tiene las vacas está muy empinado y se las pasaba putas para subir a golpe de embrague con el Supermirafiori; y en las bajadas ya no os cuento, que cuando llegaba los frenos estaban al rojo vivo. Así que me pidió que fuera con él a comprar uno de esos todoterrenos que anuncian en la tele, que parece que se van a comer el campo. Y allí que fuimos, al concesionario de Maceiras, y se compró un cacharro increíble. Teníais que haberlo visto: automatizado, todito de madera por dentro, con todos los detalles… y justo al lado del botón del aire acondicionado, el botón de “bajada contenida”, un inventillo que lo apretabas y ya podías bajar la cuesta que fuera que ello sólo te contenía el coche para no tener ni que frenar ni nada.

—Bueno, pues parece muy seguro, ¿y qué pasó? —preguntó María Isabel.

—Pues que tío Xusto tenía ochenta y seis años, y a veces se despistaba el pobriño… que lo encontraron estampado contra un eucalipto milenario al final de la cuesta, con el cuentakilómetros marcando 150 km/h y el coche a quince grados de temperatura, con el aire acondicionado en el modo “siroco tropical”.

—¿Eh?... Ooooh, aah, vaya… lo siento Niko. Al menos debió morir haciendo honor a su nombre.

—Si es que estamos malditos con la carretera. Tía Úrsula, su difunta esposa que en gloria esté, también murió en un accidente. ¿Cuándo me tocará a mí? ¿Eh? ¿Cuándo Dios querrá estamparme?

—Me da miedo preguntar, pero ¿qué le pasó a tía Úrsula? —Matruska estaba alucinada con el melodrama y totalmente enganchada al dramático estilo narrativo de Nikolás, el de la pena colgando.

—Nada, en un camino estrecho, de la forma más tonta. Un ciclista marcó con el brazo a la izquierda y tía Úrsula pensó que iba a girar, así que aceleró a fondo para adelantarle por la derecha… que llegaba tarde a la timba de cinquillo, pero el ciclista ni se inmutó, y ella se chocó contra un muro al esquivarlo en el último momento.

—¡Qué drama!

—Luego supimos que el ciclista nunca tuvo pensado girar a la izquierda, sólo estaba intentando deshacerse de un moco… Pobriño, sigue traumado.

—Chico, pobres todos, de verdad que lo siento —María Isabel acariciaba su hombro mientras él hacía pucheros.

—Y encima sin nadie que me consuele, sin una mujer que me espere en el pueblo, soliño y apenado para siempre.

Matruska observaba atenta la jugada, porque mientras Niko se compadecía de sí mismo, le pareció captar miraditas furtivas hacia su persona.

—… Y si al menos alguien me quisiera… alguien me diera calor por las noches…

Decididamente aquella era la forma de ligar de Nikolás: dando lástima.

—Ánimo, ea, ea —Matruska lo zarandeó un poco a modo de consuelo a distancia—, que tú vales mucho y seguro que en el próximo puerto te echas una “novieta”.

—Ya, ay, qué pena… pero ¿y de mientras?

—Bueno Nikolás, no seas jeta que se te ve venir —María Isabel había captado finalmente la treta—. Yo hablándole a Matrus bien de ti y tú…

—Pero mujer, compréndeme, es que me cuesta mucho acercarme a hembras para el lío… nací “roncodollo”, así que aprovecho las desgracias, que sé que os conmueven.

--¿Qué dice que nació? —le preguntó Matruska a María Isabel en un susurro.

—Que le falta un huevo —volvió a centrarse en Nikolás— ¿Y no puedes hacer como el resto de la humanidad? —la cocinera se mostraba indignada.

—Si es que es la historia de mi vida Isabeliña. Desde joven, mis amigos bajaban a la calle a comprar el periódico y volvían con un ligue; yo bajaba a ligar… y volvía con el periódico.


(…)


MIKA

martes, 20 de marzo de 2012

LA PESADILLA (Extracto de “La Ley del Dios Ciego”)


(...)

Casi nunca comenzaba la mañana feliz y contenta como esas personas agobiantes que ven en la luz del nuevo día otra oportunidad más para vivir. Yo sufría agotadoras pesadillas y dormía bastante mal.

La noche pasada había tenido un sueño terrible que se repetía a menudo desde hacía algunos años, atormentándome por su realismo y por la reiteración de los detalles más ínfimos.

Me encontraba en la casa de mi ex novio, un chico con el que había salido hacía bastantes años y con el que mantuve una relación muy “intensa”. Era su casa, seguro; no sólo respiraba esa sensación propia de los sueños en los que sabes que te encuentras en un sitio determinado aunque ni se le parezca, es que todo coincidía, los cuadros, las llaves de Iván en el aparador de la entrada y mi ropa para el día siguiente doblada sobre la silla del pasillo. Mi imagen al pasar ante el espejo era la de entonces, muy delgada, no creo que pesara ni 43 kilos, más que escasos para mi metro sesenta y cinco de altura; llevaba el pelo muy largo, negro y liso, y todos los rasgos de mi cara parecían mucho más marcados: la nariz más recta y huesuda, los pómulos y la mandíbula más afilados, y los labios demasiado gruesos en contraste con la escasez de carne del resto de mi fisonomía. Incluso mis ojos, agobiantemente plagados de pestañas, daban la impresión de ser más grandes en aquel escuálido contexto. Después de acabar con aquella fatídica relación engordé unos tres kilos, y mi cara comenzó a proporcionarse, manteniendo siempre mi pelo largo, y negro, como le había gustado a mi padre: “resalta tus preciosos ojos esmeralda mi niña” solía decirme cuando suplicaba que me dejasen cortármelo a lo chico como el resto de mis compañeras de clase cuando se puso de moda.

Todos los detalles. Incluso creo identificar en la ropa que llevo puesta al llegar a la casa, uno de mis jerséis preferidos. De pronto estoy en la cama de Iván y algo tira de mi mentón con una fuerza brutal, tanto que oigo crujir mis huesos. No consigo saber quién o qué es y estoy aletargada, completamente ida, de tal modo que no puedo resistirme, aunque lo veo todo, lo capto todo, lo siento todo. Soy arrastrada por el suelo de la habitación hasta un jardín, pero ahora ya no es la casa de Iván, es el jardín en el que jugaba yo de pequeña, en el chalet de unos vecinos. No puedo gritar, aunque contengo un alarido que explota en mi garganta una y otra vez desgarrándome por dentro, sin emitir sonido alguno. Me insultan, una voz conocida me grita cosas que no puedo soportar oír, y al despertar no las recuerdo, sólo siento que oírlas me duele más que los golpes y zarandeos que está sufriendo mi cuerpo inerte al ser arrastrado violentamente a lo largo de lo que se me antojan kilómetros de tierra, grava y piedras, y siempre sujeta por la mandíbula. Sus dedos han llegado a atravesar la carne por donde me tiene fuertemente sujeta, y mi barbilla se ha convertido en una grotesca asa, ya desencajada por completo de su lugar. Noto cómo en mis rodillas y codos se va desgarrando y desprendiendo primero la piel y luego la carne; un calor húmedo se extiende; quiero resistirme pero no puedo, no puedo hacer nada, sólo dejarme llevar. De pronto se detiene y me deja tendida en el suelo. Sé que estoy bañada en sangre porque me veo desde arriba, como en los sueños en los que uno puede volar y aprecia las cosas desde una perspectiva subjetiva y objetiva al mismo tiempo; llevo un camisón negro de raso y está hecho jirones, dejando desnuda toda la mitad izquierda de mi cuerpo. Puedo ver hueso bajo la sangre en algunas partes de mi muslo y en las rodillas. El pelo suelto, muy enmarañado y lleno de pegotes de sangre y otras sustancias viscosas a las que prefiero no prestar más atención. Me falta parte de la cara, la he ido perdiendo por el camino, al igual que algunos trozos de cuero cabelludo. Mi ojo izquierdo ya no parece ser pareja del otro, está caído, sin vida apoyado sobre lo más alto de mi pómulo, aunque aún dentro de su demacrada cuenca.

Sobre mí se encuentra postrado un hombre que parece montarme a horcajadas a la altura de mis caderas, sujetándome fuertemente entre sus rodillas; no le veo la cara y me da miedo mirar, pero me parece un monstruo. Aún así nada semejante a lo que empiezo a sentir en ese momento cuando el misterioso hombre comienza a acariciar con una suavidad abrumadora mi cuello, lentamente, bajando por mi clavícula, extendiendo mi sangre por donde pasa con sus exageradamente suaves dedos: mi pecho descubierto, mi cintura, mi estómago… muy despacio. Ya no siento tanto dolor, otra sensación que no quiero reconocer está embargando mi mente, mi lógica. Y entonces para, retira bruscamente la mano de mi estómago y la alza al cielo, mostrándola, intentando llamar la atención de alguien o algo, con toda esa sangre mía escurriéndose hacia su codo, invitando a lo que inexorablemente se aproxima.

En ese momento el dolor desaparece por completo, quedando ocupada esa parte de mi cerebro por un miedo atroz que no deja sitio a nada más: algo se acerca por detrás de mi cabeza  respirando muy fuerte, jadeante, dejando un rastro sonoro y viscoso según avanza. Y no quiero mirar, no puedo mirar, el pánico no me deja; incluso desde arriba lo veo todo borroso. No hay dolor, sólo una total ausencia de sentidos. Sólo miedo.

Siempre en ese punto me despierto totalmente cubierta en sudor y casi sin aliento, chillando para desbocar todos los sentidos bloqueados. Para resucitar.

No comprendo por qué tengo ese sueño, ni por qué siempre me despierto sin avanzar. Quiero ver qué o quién me da tanto miedo, y a la vez no quiero. Y tengo la certeza de que esa historia no es mía porque yo no la he vivido, porque yo no puedo haberla vivido.


(...)


MIKA




jueves, 15 de marzo de 2012

EL CANTO (un cuento de amor)


La primera novela que escribí, mi primogénita de la trilogía KRATOS, "La Ley del Dios Ciego", me ha traído muchos momentos maravillosos y especiales. Qué gusto dejarse la piel delante del ordenador vengándose de la compañera de trabajo que hoy te ha hecho la vida imposible, o del ex novio que no se portó bien... ¡Todos asesinados en el libro! Volcar las vivencias, los pensamientos íntimos, las inquietudes, construir vidas mezclando ficción y realidad... Ser una cotilla omnipotente y omnipresente es estupendo.  Pero a veces la musa se ha ido de pingo y no hay forma de escribir nada decente.

Así nació “El Canto”, un cuento que nada tenía que ver con el resto de historias que rondaban mi cabeza en aquel momento, un paréntesis algo fantasioso y quizá demasiado ñoño, pero le tengo cariñito.  Os dejo los primeros párrafos.

*(Y si os apetece leer el cuento entero, lo dejo en la pestaña "El Canto")


(…)

Y Daniel dejó de sentir.

Primero las yemas de los dedos, extendiéndose tal insensibilidad a lo largo de sus extremidades, durante lo que serían, irónicamente, los segundos más largos de su vida. La muerte era placentera, silenciosa, ajena al disgusto de los que observaran en tercera persona. En el caso de Daniel, nadie. Elena, el amor de su vida, se había ido muchos años atrás.

Carente de sensaciones y desprovisto del equipaje que siempre había sido un lastre, lo que debía ser su alma inició una lenta huida a través de los poros de su piel, y con esta forma incorpórea supo que se alejaba de todo lo conocido.

Muchos años atrás había dejado de soñar con el mar, incluso de amarlo, y sin embargo ahora se veía a sí mismo entre sus aguas tranquilas, mecido por suaves olas, arrastrado por alguna corriente sin rumbo aparente.

Y en algún momento a lo largo de esta extraña travesía, comenzó a sentir de nuevo, poco a poco, empezando por el agradable picor del salitre secándose al sol sobre su piel.

Y al sentir de nuevo se encontró varado en una orilla de aguas de brillo intenso y un profundo color turquesa. Era la playa más maravillosa que jamás hubiera conocido, y había conocido muchas.

Se incorporó con una agilidad y una suavidad que ya no recordaba, y decidió dar un paseo por el interior de aquella especie de atolón surrealista en el que había atracado su alma, un alma al parecer joven de nuevo.

Un exuberante jardín se iba extendiendo a sus pies según avanzaba. Gerberas a la derecha, margaritas a la izquierda y jazmines fragantes trepando por columnas imaginarias hasta donde la vista podía alcanzar. Una placita adoquinada a la antigua, limitada por bancos de teca y hierro forjado laboriosamente labrado, se apareció ante él, de la nada. Parecía estar en uno de sus sueños más preciados, uno de esos en los que el caprichoso subconsciente le permitía disfrutar de todas las cosas bonitas y sencillas que siempre había adorado… menos de una: jamás logró soñar con Elena.

Daniel se sentó en uno de los bancos, no porque lo necesitara, ya que se sentía más fuerte y ligero que nunca, sino para poder observar tranquilamente todo lo que le rodeaba, asumir aquella sorprendente y nueva realidad en la que todo parecía diseñado a su medida. Unos árboles colmados de frutas y de flores, comenzaron a brotar alrededor de la plaza aislándola de todo lo demás, creando una intimidad que también había añorado en demasiadas ocasiones.

Y entonces la vio. 

Tan lejos, tan cerca a la vez.

Su pelo castaño brillante flotando como si alguna corriente caprichosa la acompañase; sus ojos verdes, grandes, dolorosamente profundos; sus formas adecuadas, perfectas para él; sus mejillas de continuo ruborizadas. A Daniel le latía tan fuerte el corazón que no podía escuchar ni sus propios pensamientos. De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas que se deslizaron raudas por las mejillas para salar las comisuras de su boca. Sonreía con desesperación, paralizado por la felicidad, incapaz de reaccionar.

Elena.

La amaba tanto que todo recuperaba su razón de ser.

(...)


MIKA